Por: Lizzet Paz
Los hospitales también se envejecen y
enferman, y muchos de ellos llegan a cuidados intensivos de los que no se
recuperan. Sus dolencias son muchas, a medida que pasan los años y no hay
quienes atiendan y solucionen sus males.
Duele verlos cuando sus paredes están
dañadas y desmoronándose, techos por caerse, cielos rasos húmedos, puertas
despintadas y rotas, ventanas malogradas, algunas que ya no se abren y otras
que no cierran, habitaciones descuidadas.
Da pena observar, entre muchas
deficiencias, relojes que no funcionan, pegatinas por todos lados, televisores
apagados, fluorescentes quemados, asientos y bancas destrozadas, sillas de
ruedas deterioradas, módulos anticuados y algunos en desuso.
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Imagen: Agencia Andina |
Es una vergüenza que los “médicos” no
puedan hacer nada por mejorar los problemas, algunos tan sencillos y otros
complejos, como que los servicios
higiénicos son focos de infección, que no haya siquiera un poquito de
jabón; y las cañerías siempre en reparación.
Ciertamente que los centros de salud
del Ministerio y de los sistemas de seguridad social son de uso de las
mayorías, especialmente de los más pobres, pero no por eso se merecen una
atención así, en condiciones deplorables.
A todo esto se añade que la atención no
es de las mejores, con honrosas excepciones; hay ausencia de un buen trato y
una actitud más humana que haga dignas a las personas.
La falta de medicinas es otro de los
males, hecho que agrava la situación de los pacientes, cuyas protestas no son escuchadas y desprestigian
los hospitales, como los que tenemos en Huancayo. Ojalá las autoridades
pudieran curar estas heridas.